Sombría tarde de otoño, las gotas de agua golpeaban incesantemente los cristales de la ventana a través de la cual Jerónimo se asomaba al mundo entre párrafo y párrafo del aburridísimo manual con el que se preparaba unas oposiciones que le permitieran dejar de sangrar a sus pobres padres con los que el Estado no había sido muy generoso a la hora de la prejubilación. Después de tantos años en aquella oficina del centro, al que la piqueta quitó de en medio para dejar sitio a uno nuevo más preparado para acoger las nuevas tecnologías que a quienes fueran a usarlas.
Aunque los viejos compañeros -lo de viejos es un decir, ya que ninguno llevaba más de cuatro ó cinco años en la empresa cobrando la mitad- que quedaban tras “fructíferas” regulaciones de empleo y prejubilaciones, no tendrán que preocuparse de tantas comodidades, ya que todos han sido trasladados a una nueva sede del extrarradio, lo suficientemente amplia para los que quedaban y lo suficientemente alejadas de todo trasporte público como para asegurarse un agradable rato en el atasco de la mañana y/o en el de la tarde. Y es que los nuevos dueños de la empresa piensan en todo, sobre todo en el dólar, aunque esté un poquito más flojo que el flamante Euro.
Párrafo a párrafo, página a página, Jerónimo se esforzaba por desentrañar los misterios de un aparato burocrático que pretendía fuese su futura herramienta de trabajo con la que poder comprarse un coche, una casa, y todas las cosas que esperaba pudiera proporcionarle un poco de felicidad, como una pizca de tiempo libre para ver si se encontraba con alguna chica que le hiciera algo de caso y le mitigara la soledad que sentía por dentro cuando se encontraba con algún ex-compañero de colegio cogidito de la mano de una fémina, daba igual si no era la misma de la vez anterior. Y es que Jerónimo era aun un poquito virgen, no tanto de sexo, como de roce y cariño. Y es que hay roces y cariños que no lo pueden dar los padres.
Cansado, agobiado, de un trabajo basura a otro. Cuando no había contrato pagaban tarde y poco, o surgían nuevas obligaciones inesperadas, así, de pronto, sin avisar, sin que nadie le advirtiera antes. Y cuando había contrato, pues igual. Cuando se le acababa un trabajo, de nuevo camino de la oficina del SAE, hasta que él solito encontraba un huequecito con el que poder escapar de allí. Siempre igual, sin saber que iba a ser de la vida de un día para otro, sin saber cuándo acabaría su situación o, sencillamente, si alguna vez acabaría.
Licenciado universitario por vocación, con estudios, cursos, cursillos, congresos y hasta un master, Jerónimo no encontraba su lugar por algún analfabeto, también vocacional, tan orgulloso de su ignorancia como de su flamante cochazo o su Rolex, cuyos padres o alguna conveniente amistad, le negaron ganarse el pan como buenos profesionales a cambio de favores “devolvibles”. En cambio, Jerónimo no tenía más que trabajos aburridos, sin alicientes, pero que al menos le proporcionaban unos duros ante los que justificarse -al menos eso sentía como una necesidad- ante sus padres por costear unos pocos años en una universidad cualquiera, los justos y necesarios para asegurarse un expediente aceptable. Y todo para seguir descifrando su manual un tanto desengañado del mercado laboral que la sociedad le ofrecía tras entregar, cuando le dejaban, o mandar cientos de curriculums por aquí y por allá. Pero sin padrino…
Volvía a subrayar, a resumir, a esquematizar, a mirar pasar paraguas por la calle, la de siempre, la de toda su vida, en la que jugaba de chico. Pero que le gustaría cambiar por otra nueva, o vieja, pero propia. Una calle que sintiera como propia, no la que sus padre lograron un día como la suya. Pero todavía no podía ser, algún día, seguro, eso esperaba, pero por ahora aun no.
De ahí a seis meses se tendrá que haber aprendido ese tocho por las tardes, por las mañanas se sacaría unos cuartos como pudiera, y los fines de semana los perdería, en parte, saliendo con la panda de siempre: Luisillo, el Pelayo, Nacho, Nardo y Joselu. Seis almas en pena buscando dejar de serlo; Jerónimo en el seno de la administración pública, como Luisillo y Nardi, aunque cada uno en diferentes funciones. Pelayo en el negocio familiar, años ha estancado, aunque confiaba poder relanzar pronto; Joselu en el bar que ha puesto en el centro, con un crédito con el que de momento está cumpliendo, aprovechando sus años de experiencia compartida entre todos, en el sector. Allí acababan todas sus reuniones, cuando no empezaban allí directamente; y Nacho, bueno, Nacho aun no sabe como. Pero la esperanza, dice, es lo último que se pierde.
Entre párrafo y párrafo, entre página y página, lleva en lo que un embarazo, ya casi medio tocho y casi comprende el mecanismo de la monstruosa administración pública. Pero le queda tanto… Hoy se acostó la siesta para bajar los garbanzos que su buena mamá le puso por delante para reponer fuerzas de reponer estantes de supermercado, y se puso a abrir su manual, sacar folios y bolígrafos, portaminas, goma, y a intentar hacer un buen uso de ellos. Que el tiempo apremia y hay que aprovecharlo. O al menos intentarlo.