Érase que se era, en un lugar muy lejano, una casa destartalada con un huerto en el que crecía un peral, y en la casa vivía la vieja Miseria, una anciana huraña, malhumorada y fea que malvivía entre cochambre y pobreza.
Era la vieja Miseria pobre, tan pobre que sólo tenía para comer las peras que daba su peral. Pero pasaba que a los zagales del pueblo les gustaba jugar trepando por el peral y cogiendo las ricas peras que daba, quedándose sin comer la vieja Miseria algunos días.
Pasó que un día pasó por el huerto un duendecillo, y en un descuido se dejó coger por la vieja Miseria. El duendecillo le rogó que lo dejara libre, pero ella se negó ya que pensaba que podía venderlo y sacar algo de dinero con el que poder comer. Entonces el duendecillo le hizo una proposición. A cambio de su libertad haría un conjuro al peral para que nadie más que ella pudiera subir a coger las peras.
Al día siguiente, unos chicos del pueblo fueron a jugar y comer unas cuantas de las ricas peras del peral de la vieja Miseria. Pero cuando empezaron a subir pasó algo asombroso, las ramas cobraron vida y agarraron a los muchachos que quedaron atrapados. Los niños se asustaron mucho, intentaron escaparse pero no podían hacer nada. Gritaron y lloraron y la gente del pueblo fue en su ayuda, algunos muchachos intentaron ayudar a sus amigos, pero todos los que intentaron safarlos quedaban igualmente presos del hechizado árbol.
Al cabo de un rato salió de la casa la vieja Miseria, pero lejos de compadecerse de la gente dijo: “os está bien empleado, muchas veces he pasado yo hambre por culpa vuestra porque os subíais a mi peral y me dejabais sin nada que comer, ahora recibís un merecido castigo, quedareis presos de mi peral hasta que yo le ordene que os suelte”. Los muchachos le rogaron que los soltara, no sabían que con sus juegos le hicieran mal a la vieja Miseria, pero fue inútil. Pasaron el día y la noche presos entre lloros y a la mañana siguiente los soltó, a condición que nunca más volvieran por su huerto.
Pasó el tiempo. Ya nadie se atrevía a pasar cerca del huerto de la vieja Miseria, hasta que, pasados muchos años, fue a visitarla la Muerte, con su gran túnica negra y su guadaña. Se presentó ante la vieja Miseria y le dijo: “Buenos días Miseria. Soy la Muerte, ya has vivido muchos años y me han encargado que en hora que venga a buscarte”. “De acuerdo”, contestó la vieja Miseria. “Pero mientras me arreglo un poco para estar presentable para mi juicio, ve y coge unas pocas peras que tengamos que comer en tan largo viaje”
Así lo hizo la muerte. Pero al coger la primera pera el peral la hizo presa y no podía soltarse. Salió la vieja Miseria y dijo: “Sé que he vivido muchos años, pero tenerme que ir contigo me aterra. No quiero irme todavía, prométeme que me dejarás en el mundo hasta que yo te diga o quedarás presa para siempre”. “Pero, eso no puede ser”, contestó la atónita Muerte. “Todos tienen que dejar este mundo cuando llega su hora, si no el mundo estaría demasiado poblado y la gente pasaría necesidad”. Pero la vieja Miseria no atendía a las razones de la Muerte y como no se lo prometía la dejó presa de su peral durante mucho tiempo.
Cierto día pasó cerca de la casa de la vieja Miseria un médico y vio a la Muerte presa. Se asustó al verla, pero fue a ayudarla porque aunque le daba miedo, sabía que su trabajo era necesario en el mundo. Como médico, veía que la gente enfermaba pero no se moría, y había mucha gente sufriendo por eso. Pero como todos los que se acercaban al árbol, también fue preso. La vieja Miseria salió al ver lo que pasaba y vio que tenía un nuevo prisionero. Repitió a la Muerte su propuesta. Pero esta vez, la Muerte accedió a su petición. Hacía mucho tiempo que no podía hacer su trabajo, y si además tampoco el médico podía hacer el suyo, habría mucho sufrimiento por el mundo. No hubo otra solución, la Muerte cedió a las exigencias de la vieja Miseria y esta soltó a sus prisioneros, no sin antes recordarle a la Muerte su promesa.
Y esta es la historia de porque la Miseria sigue libre y campando a sus anchas por el mundo.